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 carahijos  No sé qué hacer con mi hijo/a adolescente

Características esenciales y forma de tratamiento

La adolescencia, fenómeno que comprende a los jóvenes de todas las clases sociales, es un producto de la cultura y civilización modernas, como bien dejó demostrado la antropóloga Margaret Mead. En España, en concreto, hace cincuenta años la escolaridad obligatoria terminaba a los 12 años (al margen del escandaloso absentismo y otros males anejos a la posguerra civil) y al instante se iniciaba la vida laboral. A los 18 años se era adulto a todos los efectos.

En los tiempos actuales, la educación se ha ido extendiendo (la obligatoria llega a los 16 años y el número de jóvenes que prosiguen estudios post-obligatorios y universitarios es cada vez mayor) y el matrimonio o la independencia de la familia se ha ido postergando hasta límites difícilmente imaginables hace unos años (hoy no son pocos los jóvenes de los dos sexos que a los 30 años permanecen afincados en el domicilio de los padres). La consecuencia es que la adolescencia como tal fenómeno cultural se ha alargado y complicado en grado a veces insoportable para los padres.

Efectivamente, los padres pueden con no mucha dificultad adaptarse a los bruscos cambios que en el desarrollo físico se producen en la adolescencia (crecimiento de altura y peso, en fuerza, en el esqueleto, en las proporciones corporales, en los sistemas circulatorio, respiratorio, digestivo y nervioso). Más comprometido les resulta apercibirse del desarrollo glandular, en especial del relativo a las glándulas sexuales, con la importante repercusión emocional y social que el mismo representa.

Los cambios emocionales en el adolescente son muy significativos. Fijémonos, por ejemplo, en tres emociones. La primera, la del enojo o el enfado. Mientras en los niños la causa más común de enojo es la disputa por un objeto (juguete) o por ir al baño, las causas de enojo del adolescente son ya “sociales”: manejo del tiempo, dolor de cabeza, exámenes... La reacción del adolescente ante el enojo suele ser la réplica verbal a veces de acentuada intensidad. Notoria es también la diferencia en la persistencia de la tensión emocional: mientras en el preescolar dura menos de cinco minutos, en el adolescente de secundaria el promedio es de 15 minutos y puede durar hasta 48 horas.

Consideremos, en segundo término, el miedo. En los adolescentes el miedo se relaciona, en gran medida, con los exámenes escolares, las enfermedades y la ansiedad aparece ligada a la escasez de recursos, pérdida del empleo de los padres, vivienda de bajo status, producir mala impresión, no gustar a los chicos, caer mal en general... Otras fuentes de miedo son: al perceptible y difuso abandono de la infancia, a la falta de habilidades sociales, a las experiencias sexuales, al fracaso frustrador de las ilusiones familiares...La reacción ante el miedo es general: rigidez del cuerpo y tendencia a evitar las situaciones ansiógenas.

Nos referimos en tercer lugar a la emoción del amor. El primer “objeto de amor” para los bebés de ambos sexos es la madre o la persona que se ocupa de ellos. Luego, la madre puede ser desplazada por el padre o por otros adultos. Durante la niñez, y conforme los lazos afectivos se van autonomizando de la matriz familiar, el caudal afectivo se vuelca sobre otros niños de igual edad y sexo. Es, precisamente, en la adolescencia cuando los varones y las niñas eligen a otro individuo de la misma edad, pero de sexo opuesto, como objeto amoroso. Durante esta etapa los objetos amorosos son efímeros, cambiantes. Pero paulatinamente el campo de la elección se va estrechando hasta el momento de la madurez emocional en que se está en disposición de comprometerse con una pareja con vocación de permanencia.

Desde el punto de vista del desarrollo social, la adolescencia es el momento del “despegue” del ámbito familiar (el corte de amarras) para ingresar con todas las consecuencias de la autonomía en el mundo de las relaciones y de las presiones sociales. Este ingreso está lleno de riesgos, es una aventura que el adolescente no emprende en solitario. Lo hace integrado en una “panda” (pandilla) de amigos y amigas que le sirve de sostén y apoyo socializador. Por eso acepta las “reglas del grupo” con una conformidad absoluta: la clase de vestimenta, la misma jerga, las mismas formas de diversión, etc.

No cabe duda de que la función de la panda de amigos es de gran utilidad para el tránsito de la familia a la vida social de adulto: hay aprendizaje de destrezas sociales, desarrollo de la lealtad a un grupo, práctica en el juicio acerca de los otros, adaptación de los intereses particulares a la dinámica general, etc.

En principio, y tal como las cosas sucedían hace unas décadas, entre los doce y los veinte años, el individuo se transformaba de niño, dependiente del hogar, en adulto emancipado de los padres dispuesto a crear un hogar propio. En la actualidad, sin embargo, el proceso se desarrolla, en muchos casos debido a las transformaciones socioeconómicas y culturales recientes apuntadas al inicio de esta reflexión, de forma harto conflictiva y perturbadora para los padres.

En efecto, cada vez son más los casos de padres que confiesan dramáticamente que no pueden con sus hijos adolescentes, que no saben qué hacer con ellos. Y es que el problema va más allá de los típicos “desplantes” o “prontos” de rebeldía. El problema reviste especial importancia porque va desde la “desobediencia sistemática” (no se acepta ninguna norma del hogar) hasta los conatos de agresión a los propios padres.

¿Cuáles son las causas de esta nueva situación? El ocaso de la familia, se suele contestar, está en la raíz de todos ellos. Desde la incorporación de la mujer al trabajo, la coincidencia en el hogar de padres e hijos apenas se da. Los niños están más fuera de casa que en casa y la “socialización primaria”, basada en la afectividad como clima básico, fracasa. Los niños no temen “perder el amor de los padres” – elemento básico de  socialización por coerción – porque este amor no lo “sienten” realmente en su infancia (piénsese que no es lo mismo niños queridos que niños mimados). El “papel de padre” no lo quieren asumir los padres modernos. Fernando Savater trae a colación al tratar estos temas la cita del sociólogo italiano Carmine Ventimiglia : “quiero ser un buen padre... como mi madre lo fue conmigo”. Conexionada con esta idea está la dejación del ejercicio de la “autoridad” por parte de los padres. Autoridad que etimológicamente viene del verbo latino augeo, que significa aumentar, crecer. De modo que tiene auténtica autoridad quien “te aumenta”, “te acrece” con su contacto.

En el fondo están los modelos sociales del sentido propiamente hedonista. Y los jóvenes se embeben de estos ideales de nuestra época: placer, belleza, eterna juventud... al alcance de todos, como publicitan los mass media. Y como no se les ha preparado ene l esfuerzo necesario para conseguir los objetivos placenteros, entonces la frustración es insoportable y muchas veces se manifiesta agresivamente en el ámbito familiar. Es el principio de  toda una serie de problemas de incomunicación que puede llegar a situaciones límite, de los que el grito de impotencia de los padres, “¡no sabemos qué hacer con nuestro hijo!”, no es más que un exponente.

De lo hasta aquí expresado parece deducirse que poco pueden hacer los padres para enfrentarse a los problemas que les plantean sus hijos rebeldes. Entre cambios socioeconómicos y culturales y eclipses de la institución familiar no se vislumbra apenas margen de maniobra para la solución de los conflictos desde el propio espacio del hogar.

Sin embargo, la terapia familiar tiene un conjunto de estrategias de intervención externa para ayudar a los padres a modificar las conductas desviadas de sus hijos adolescentes. En base a los antecedentes de las relaciones paterno y materno-filiales, al actual análisis de los ámbitos escolar, de pandilla, de contactos sociales, a los intereses del adolescente, etc., etc., cada caso puede ser diagnosticado, evaluado y programado con vistas a un mejoramiento de las familias.

En realidad, el actual estado de cosas como ambiente que determina los comportamientos de las generaciones jóvenes, no actúa de modo automático y por igual sobre todos los jóvenes. Por eso hay que analizar cada caso en particular  en la confianza de que la inteligencia y la voluntad hacen que el hombre pueda superar los peores trances.

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Aproximación a mi particular situación

 

 

 

 

 

 

 

 
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www.amejor.net Recursos educativos. Autor: Pedro Gomez con aseramiento informático de Maribel Cadroy